Trenque Lauquen a la intemperie

Por: Shandal
Los médanos siguen su lenta migración hacia el sur;
fantasmas de arena que el viento olvida y vuelve a dibujar.
En el patio de mi abuela, el agua del bombeador tenía un frío profundo;
sabía a tierra y a raíces, a tiempo detenido.
La Laguna Redonda duerme bajo su nombre de agua;
espera al río que la despierta furioso, inundando calles y memorias.
Los chicos juegan con baldes y mangueras;
no saben que sus abuelos contuvieron un río con palas.
El desierto no se fue; solo se hizo paciente.
Espera, con el ritmo del viento en los médanos
y la memoria del agua en la arena.
Entre sequía y lluvia, la pampa exhala;
el olor a tierra mojada es el mismo de siempre,
un recuerdo que se hace presente,
un ciclo que nos observa desde el principio.
El pronóstico del tiempo, como un oráculo;
cada gota cuenta, cada nube es una promesa.

Nacer en Trenque Lauquen es aceptar, desde el nombre, una relación inevitable con el agua. Laguna Redonda: un destino escrito antes de cualquier biografía. Pero ese origen no se apoya en la abundancia sino en la intemperie. Desierto y pampa, arena y agua. Un territorio que nunca prometió estabilidad.

Las lagunas están ahí, quietas bajo el sol o revueltas con el viento sur, como un recordatorio permanente. El agua, acá, nunca fue solo un fondo amable. Fue juego en la infancia y sobresalto en la madrugada, fiesta y amenaza, alivio y exceso. Está en el cielo que se oscurece antes de la tormenta, en el ruido de la lluvia golpeando los techos bajos, en el temor silencioso que aparece cuando llega adonde no fue invitada.

Memoria del agua

En mayo de 1986, el agua decidió avanzar. Las napas inundaron los sótanos y el río Quinto se volvió un mar que amenazaba con borrarnos del mapa. Entonces apareció algo más antiguo que cualquier obra hidráulica. No era una solución de ingenieros. Era una respuesta colectiva. La gesta de la Pala Ancha. Miles de vecinos con la pala al hombro, hundiendo el acero en el barro. No importaba si el canal era perfecto; importaba que, por una vez, el pueblo le plantara cara al horizonte. Por aquí no pasarás.

El agua nos obligó a organizarnos, a poner el cuerpo. A veces para defendernos; otras, para salir a buscarla. En esa tensión se fue construyendo una identidad menos épica que persistente: la de un pueblo que aprendió a convivir con un elemento que da y quita, que se deja manejar solo por un rato y que, cada tanto, vuelve a la carga.

Aprendizaje a la intemperie

Ahora, a 150 años de la fundación, hemos aprendido que el progreso aquí nunca fue una línea recta. Fue más bien un diálogo entre un pueblo y su paisaje, a veces a los gritos, a veces en susurros. Un aprendizaje hecho de avances y retrocesos, de memoria compartida y respuestas colectivas.

Y en este pueblo cuyo nombre ya contiene destino, conflicto y belleza, seguimos sabiendo que hay fuerzas que no se dominan. Se entienden, se respetan, se cuidan.

¿Qué otra cosa podemos hacer, los que nacimos en la intemperie?

* * *
Hay una llanura adentro que no es metáfora.
Es la misma desolación, el mismo viento que barre.
A veces se inunda de un silencio pesado, oscuro.
Otras, la sequía levanta polvaredas de ansiedad.
No sé si el afuera copió el adentro, o si fue al revés.
La pampa no termina en la piel.
Ese espíritu construyó el mismo territorio.
Shandal
(*) Para MiTrenque, 2026